Otoño

Otoño, te espero,

mi anhelo te aclama.

Se derraman versos por tu pelo,

manto de ilusiones tristes,

bello viento sincero.

Tan cruel, pero amable,

afable y enfadado amigo,

enemigo de la seca y dura rama,

dama ama de la verdad,

mi felicidad te aclama

y sereno te espero.

Sincero soy, tú despiadada,

tú la mano que mece,

yo el que se estremece por ser cincel.

Aquel que aprende tu magia, hada cruel,

aquel que te espera y te ama,

tú impetuoso viento, ¡tú, magnífico ser!

Deja que tu aliento mueva tu cuerpo,

que ruja tu rugido y haga caer

las rojas hojas que no se llevó el tiempo,

en éste paisaje ocre que no quiere perecer.

Vieja cadena

Se sienta y llora su pena.

Devora los retales perdidos,

heridos por el olvido de una vida ajena.

Ella espera su beso, cautiva en la prisión de cristal.

Le enajena su furia, su cuerpo fatal.

Su vieja cadena le mantiene preso,

hiriéndole en cruel espiral.

La hiel de un recuerdo recorre su cara,

recuerda el paso de aquel que nunca se para,

le odia y resiente la vida pasada,

mas por mucho que quiera, no puede cambiar.

Se siente mercancía usada,

un mero recuerdo en la memoria del mar.

Su llama le quema, le pesa y le hiere

hasta que decide qué quiere:

vengarse de aquel que jamás esperó,

y así planeó su huida, su fuga final.

El hombre invisible

¿Son vacíos los ojos que miran?

¿O es, acaso, su translúcida piel?

Tan pronto como le ven, olvidan,

mas, ¿y si no le llegaron a ver?

¿Cuál fue su mal, su causa, su herida,

la que le condenó a su exilio, su cárcel de papel?

¿Qué ha de hacer con su vida,

éste desdichado ser?

“¿Seré un ángel caído, enviado a éste mundo?

¿Seré un inmundo experimento, forjado en la miseria?”,

se pregunta,

“¿Seré una mera atracción de feria?”,

pero no tiene una buena respuesta.

Evita el bullicio y la marabunta,

deambula por las aceras, arrastrado por el viento.

Nota el sentimiento de culpa,

porque en el fondo sabe que fue su desprecio

hacia la conversación banal, absurda,

la que le sentenció a vagar solo, en silencio,

y así forjó su existencia.

Mas, ¿fueron sus actos pecado,

o fue su  rebelión una resistencia?

Contra la religión social, que como el gran hermano,

siempre juzga, siempre observa.

Mirando a la pantalla dijo, “no te quiero, gran hermano”

y fue descartado, y por todos olvidado,

y ahora ya nadie le recuerda.

Viajero

“Nada es”, medita.

“Solo yo existo,

solo yo me resisto al paso del tiempo.

Soy la hoja que levita

sobre un mar inexistente,

me mece la corriente

y me acaricia el viento.”

Y mientras contempla la batalla celeste,

cómo se forjan las estrellas,

esperando que otro como él habite una de ellas

y algún día le secuestre.

Sólo quiere ser libre,

ser nada por siempre y no volver,

desaparecer eternamente,

y que todo siga tranquilamente,

pero no es posible, no puede ser.

Cuando la muerte no es el final,

cuando lo efímero se añora.

Cuando la vida se llora,

y pasado y futuro son cruel espiral.

Entonces la muerte se comprende,

de su toga se desprende y se remueve su antifaz.

Pues de caminar todos se cansan,

y por una u otra causa,

más tarde o más temprano,

veríamos que es todo en vano,

y solo queremos libertad.

Por eso espero que se percaten

del agravio en que se incurre

cuando a un ser se le ocurre

negar la muerte porque sus designios no se acaten.

Sus razones son delirios, ya aburren

al que no muere, y si no que le pregunten

si es que quieren.

Porque él sabe y bien recuerda,

que tras recorrer la faz de ésta tierra,

no hay mayor maldad,

mayor delito, injuria, ultraje,

para aquél que sólo iba de viaje,

¡y fue proscrito a la eternidad!

La marcha

Por su honor cabalga el guerrero,

con su hierro leal a la espalda,

su golpe de viento sincero.

La libertad de su pueblo le embarga.

Conduce a sus hermanos a la batalla,

contra el conquistador, por muchos temido.

Desde el mirador del destino

hasta las mesméricas playas

resuena el eco de sus acciones,

de aquel que una vez fuera hombre,

según cuentan las viejas canciones,

y ahora es el mayor tirano que haya existido.

Aquel que tomó lo que no era debido,

contra el que el pueblo se resiente.

Contra él juró su pacto el guerrero, dijo:

“Llegará el amanecer en el que el Sol se esconda,

y la Luna se muestre oscura, imponente.

Llegará el momento en que su cabeza caiga,

cortada por la furia de mi filo,

y ya, tranquilo, sobre ella me siente”

El hombre que robó la luna

Aquel que habita la llama,

crece su desdicha y espera.

Quema su recuerdo y llama

al amigo que ya no le queda.

Le llora lágrimas negras

que con papel curtido captura.

Le hiere su fiera guadaña,

su añil compañera le cura.

Procura que no se despierte

el niño que yace en la cuna,

durmiendo en el frío recuerdo

del hombre que robó la luna.

Huyó lejos de la memoria,

donde residen los locos cuerdos,

y les presentó su querella.

“Escuchad, ésta es mi historia:

soy el hombre que robó la luna.

Me buscan en los callejones,

conocer mi secreto desean

los hombres sin corazones”.

“Nosotros te acogeremos” – dijeron los locos

“Te esconderemos en las estrellas.

Allí donde el enemigo del viento no llega,

cegado por sus ambiciones.

Sus deseos, tu combustible,

y sus paraísos arderán en el fuego.

El fiero juego del viento sincero

finalmente te hará libre.

Cuando el mar devore tu cadena,

y el óxido corroa su entraña,

tú seras veraz,

tú serás emblema.

Haz de verdades que parta condenas,

que porta la clave de la libertad.

Puerta a respuestas que esperan,

respuestas,… que nadie osó preguntar.

Su hundimiento será tu victoria,

de su sangre harás tu elixir.

Y cuando tu guerra se convierta en historia,

y relate tu hazaña y tu porvenir,

sabrán que tu tiempo no fue otra gota,

otro hombre que quiso existir.

Introducción

Mi intención no es otra que la de mostrar cómo entiendo la realidad, y ofrecer soluciones a múltiples problemas epistemológicos y filosóficos, y mostrar que abundan las creencias que se aceptan como verdades y que son cuestionables. Para fundamentar éste análisis, necesitaré de una serie de axiomas, que quedarán enunciados. Si se rechazan éstos, como explico más adelante, probablemente el resto de mi análisis carezca de sentido.

En ésta obra trato de mostrar una visión moderna desde la filosofía de múltiples problemas o situaciones tanto nuevas como antiguas. Quizá ya no necesitamos la filosofía como antes (cuando la metafísica “de elucubración” estaba en auge), pues ahora los fundamentos y los límites de la comprensión del mundo los establece la física cuántica; pero el hecho de reflexionar sobre los distintos aspectos del mundo sigue siendo un factor de peso en la toma de decisiones que nos afectan a todos en el día a día, y ese es el objetivo de esta obra: mostrar la utilidad práctica de un pensamiento crítico, y no un largo discurso altamente complejo y escasamente inteligible.

Para cumplir éste fin, la longitud de ésta obra es lo suficientemente corta como para que no suponga un gran sacrificio del tiempo del lector. Dado que uso términos que tienen un significado muy específico, los definiré antes de usarlos, y habrá un glosario al final del libro para consultar en cualquier momento. Ahora, pasada ésta introducción destinada a hacerme sonar inteligente, empieza la obra.

Metafísica y Epistemología

Empecemos por el principio. Llamaré a nuestros sentimientos, pensamientos y todo en lo que pensamos el contenido mental. Todo lo que experimentamos está incluido en el contenido mental. ¿Y qué experimentamos? Algo que está fuera de nuestro contenido mental que crea nuestras percepciones y experiencias. Pero no sabemos si lo que crea tales percepciones en nuestra mente es, en efecto, tal y cómo lo percibimos. Puede que veamos una “proyección” de algo, donde nuestro contenido mental actuaría como la pantalla. No podemos conocer cómo es el “proyector”, puesto que sólo vemos la proyección. A partir de aquí llamaré a éste proyector la Verdad, y se refiere a todo aquello que es necesario para crear en nuestro contenido mental la representación de lo que llamamos realidad, y no podemos conocerlo en sí mismo porque nuestra mente necesariamente descompone las percepciones en información que podamos entender.

Llamo a ésta distinción el modelo “Verdad – Contenido Mental”. La Verdad es proyectada en la mente en lo que interpretamos como realidad. Quizás la realidad y la Verdad sean lo mismo, o quizás no; esto no lo podemos saber. Cuando percibimos un árbol usando nuestros sentidos, alguna parte de la Verdad está siendo proyectada en nuestro contenido mental, y la identificamos como un árbol. No sabemos cómo es realmente la parte de la Verdad que proyecta al árbol, lo que significa que no sabemos cómo es el árbol “realmente”. Sólo podemos ver su proyección, y a partir de ella formar la percepción de dicho árbol; siendo percepción la forma en la que representamos una parte de la realidad en nuestro contenido mental. Dado que necesitamos al árbol para formar su percepción, necesariamente hay alguna parte de la Verdad que genera esa proyección. A ésto lo llamo tranxistir: ser una parte necesaria de la Verdad para crear una parte de nuestra realidad; uso éste término en vez del verbo “existir” debido al bagaje filosófico del último término.

La cuestión que aparece de forma natural a partir de ésta definición es: cúal es la regla en la que basarse para decidir si algo tranxiste o no? Si una percepción o idea se puede descomponer en múltiples percepciones o ideas que a su vez se pueden explicar como proyecciones de la Verdad, entonces no tranxiste. Algo tranxiste si es necesario para explicar nuestras percepciones. Volviendo al árbol, alguna parte de la Verdad que es proyectada en forma de árbol es necesaria porque tenemos su percepción, y por tanto decimos “el árbol tranxiste”, pero la percepción del árbol formada debido a la proyección del árbol es diferente porque nuestro contenido mental es el que lo genera; la “percepción de la proyección” no es parte de la proyección, sino un proceso mental. Vemos el árbol como una entidad o unidad, pero no es necesariamente una entidad o unidad, sino simplemente parte de la Verdad.

Ahora que he tratado de abordar las percepciones, pasaré a las ideas abstractas. En primer lugar, denominaré ideas abstractas a aquellas partes de nuestro contenido mental que son una composición de ciertas partes de diferentes percepciones. Por ejemplo, la idea de “entidad” podría explicarse volviendo a la génesis del concepto: identificamos partes de la realidad que se mueven como una y que permanecen unidas durante un cierto período de tiempo, y de aquí extraemos las características de “mantenerse unido durante el tiempo” y lo identificamos como “constituir una entidad”. Éste es, por supuesto, un proceso del que no somos conscientes, que nuestra mente lleva a cabo para clasificar la realidad y obtener conocimiento de ésta organización. Reconocer “entidades” nos ayuda a comprender la realidad, pero más allá de eso, no son necesarias. “Constituir una entidad” no es una propiedad de ninguna parte de la realidad, es algo que añadimos a nuestras percepciones para entenderlas.

Llamo al proceso mental de identificar en ciertas experiencias o pensamientos abstractos una entidad mediante la extrapolación de características comunes a ellas el instinto pareidólico. El nombre proviene del fenómeno psicológico llamado pareidolia, en el que la mente identifica un patrón imaginario en un cierto estímulo o experiencia. Explicaré algunos de los ejemplos que he encontrado en el siguiente capítulo, pero primero me gustaría discutir mi versión de la teoría filosófica llamada solipsismo (o más bien, solipsismo metodológico) y rechazar las pocas críticas que conozco, porque es posible que ocurra que cuando el lector se da cuenta de que una serie de ideas presentadas por un autor se “corresponden” con una cierta corriente filosófica, se cometa el error de añadir a las ideas del autor las propias ideas previas sobre esa corriente filosófica.

Primero, y como ya he dicho, no es que sólo “exista” mi contenido mental, dado que esta palabra carece de significado. Experimento mi contenido mental, pero no afirmo nada más allá; no puedo deducir la “existencia” de nada a partir de ésto. Luego, tomando la posibilidad que propongo de qué sólo ese algo que proyecta mi contenido mental fuera la Verdad, y estuviéramos “metafísicamente solos”, no se dan las supuestas contradicciones que he visto propuestas, principalmente, que experimentamos el dolor y que en la vida no se cumpla todo lo que deseamos. Éste argumento es una simple muestra de falta de probidad intelectual que no trataré de refutar, pero esto no significa que alguien no pueda argumentar en contra del solipsismo metodológico de forma efectiva.

Nótese que no sé, ni puedo saber, si ningún otro ser humano puede pensar. Aunque encontrara una forma de acceder al contenido mental de otra persona, creo que este sería simplemente un estímulo o experiencia, una adición a mi contenido mental previo, pero no me demostraría que esa persona piensa porque sólo vivimos “un” contenido mental, y aunque éste fuera una a la vez una combinación de dos distintos, creo que lo experimentaríamos como uno, probablemente bastante confuso.

El solipsismo metodológico no intenta negar los sentidos, la realidad, la ciencia, etc. En vez de eso, su objetivo es mostrar que no son necesariamente la Verdad. Sirve como introducción a un escepticismo estructurado, ya que en vez de negar la realidad, se acepta que no es necesariamente lo mismo que la Verdad, pero sí que la podemos conocer. No podemos asegurar que conocemos la Verdad, porque no hay nada que nos asegure que conduzca a ella. Mi propósito con éste solipsismo metodológico es, pues, establecer un límite del conocimiento

Pero hay otra restricción más importante a tener en cuenta, que es lo que llamo el problema del lenguaje: el lenguaje es una conjunción de palabras, que son “metáforas” subjetivas (en el sentido de que las hemos establecido los humanos y que no nos han venido “impuestas” por algo externo) de la realidad que se refieren a realidades (también subjetivas), y no a la Verdad, agrupadas en un pacto arbitrario que no se refiere a ninguna característica intrínseca de la realidad. Por ejemplo, que a una “casa” se la llame casa es contingente; se podría haber usado otra palabra y no habría contradicción.

Pero el problema del lenguaje tiene otra dimensión que imposibilita su acceso a ningún tipo de conocimiento “universalmente válido”: no sólo se asienta en realidades subjetivas, sino que el propio lenguaje depende de cada persona. La significación de cada palabra varía dependiendo de cada persona, y depende de sus experiencias y de su naturaleza (aquí no entraré en el debate “Nature vs Nurture”, pero aunque está claro que ambas influyen, no supondré en qué medida). La interpretación de un enunciado, sin importar lo simple que sea, es personal. Cada palabra, cada frase, tiene un sentido único dependiendo de la persona, porque el contenido mental que la interpreta es único.

Es por estos motivos que considero un error tratar de designar a la Verdad mediante el lenguaje. Ésta es “supralingüística”, en el sentido de que no puede expresarse mediante el lenguaje porque lo desborda. Una palabra es una manera de llamar a una parte de la realidad, y nada más, no ofrece información acerca de lo que “es”. El lenguaje no se ocupa de definir la realidad sino de designarla, y pretender que haga algo más que ello supone negar que el lenguaje sea subjetivo y arbitrario, es decir, negar que lo hayamos elegido los humanos.

Podríamos plantearnos el siguiente interrogante a partir de mi explicación: si el lenguaje es tan limitado, ¿cómo es posible que podamos imaginar cosas que no se corresponden con la realidad, y tener ideas que desbordan el lenguaje, y que no sabemos designar completamente? Yo voy a proponer una distinción entre dos tipos de lenguaje: el lenguaje “mental” y el lenguaje “material”. El primero es el lenguaje en el que pensamos. No está limitado a las propias palabras, sino que puede ir más allá: en el contenido mental se pueden encontrar ideas y deseos, y aunque podamos reducir a ambos a palabras, no acaban de captar lo que hay en nuestro contenido mental. Es un lenguaje “vivido”, en el sentido de que nuestras ideas y pensamientos están representados por palabras, pero estas palabras tienen un significado único para nosotros cuando están en nuestra mente.

El lenguaje material es, por tanto, el usado cuando nos comunicamos con los demás. Sea cual sea el mensaje, se asienta en un pacto expresado en una serie de normas (ortográficas, léxicas, gramaticales,…) aceptadas por una “comunidad de hablantes” que supuestamente incluye a todos los que empleen un idioma concreto. Pero lo importante es que ese “pacto” hace recaer el contenido de las palabras en metáforas que no representan la realidad (el problema del lenguaje), y por ello, cuando  nos comunicamos empleamos estas metáforas.

Lo crucial de esta distinción es lo que supone para la comunicación: por bien que nos expliquemos, el lenguaje “material” no nos permite transmitir siempre, sin pérdidas, el lenguaje mental. Cuando usamos una palabra nos referimos a una parte de la realidad que para cada persona tiene una significación particular que depende de su contenido mental, y no es intercambiable ni comparable con la de nadie más. Sólo puede ser vivida por esa persona, y las demás personas sólo pueden “comprender” superficialmente lo que significa para otra persona una palabra, pero nunca llegar a acceder al contenido mental que la representa, porque, básicamente, no hay dos contenidos mentales idénticos, ni pueden darse  (en la realidad que conocemos, y hasta donde sabemos).

Ésto es lo que llamo la descompensación, que podría expresarse en un “teorema” de la siguiente forma: cada vez que un mensaje pasa de un interlocutor a otro, se pierde significado en la traducción mental-material y en la traducción material-mental. La historia de la filosofía es la historia de la evolución de la descompensación: las palabras de unos pocos filósofos que se interpretan, para después interpretarse las interpretaciones. Cada autor que lee a otro autor, modifica los conceptos necesariamente porque no están definidos de forma absoluta, sino que son algo abierto. Y aunque se definan, el lector tendrá una interpretación diferente porque no comparte por completo el significado de las palabras usadas. Lo que un autor intentaba decir quizás queda diluido y malentendido. Quien no esté de acuerdo, que se fije en el superhombre de Nietzsche; ¡y este ejemplo es de hace poco más de un siglo!

Esta descompensación es más o menos grave en función del ámbito del discurso. Por ejemplo, cuando nos referimos a hechos cotidianos como “esas flores son más rojas que aquellas”, aunque nuestras ideas de flor y de rojo difieran, se capta sin problema el mensaje y la comunicación es bastante eficaz, aun cuando los dos interlocutores no compartan por completo ambas ideas. Sin embargo, si se trata de llevar a cabo cualquier tipo de diálogo con una intención filosófica (o científica), se incurre en contradicciones y errores por no tener en cuenta ésta distinción.

Si se pretendiera llevar a cabo un diálogo que diera frutos que no estuvieran envenenados por las palabras, se tendría que definir cada término empleado, como “vacío” o “nada” o “universo”, etc. Y aún con términos más sencillos, esta tarea tampoco lleva a asegurar nada, puesto que no se puede pretender expresar mediante palabras el contenido mental, porque lo desborda, y al lenguaje material le faltan ciertos matices que no es capaz de incluir. Tengo presente que esto también afecta al presente escrito; la cuestión es que necesariamente se producirá una pérdida de significado, pero la trataré de reducir al mínimo.

El lenguaje mental es inefable y sólo el que lo posee lo comprende. Gorgias dijo: “Nada existe. Si algo existiera, no podría ser conocido por el hombre. Si algo existente pudiera ser conocido, sería imposible expresarlo con el lenguaje a otro hombre”. Yo reformularía la frase como: “La Verdad no es necesariamente la realidad. Aún si lo fuera, no podríamos comprenderla totalmente. Si algo pudiera ser conocido, sería imposible expresarlo sin pérdidas con el lenguaje a otro hombre”.

Mi propósito con toda ésta exposición es el siguiente: la metafísica trata de comprender lo inefable, aquello que he llamado la Verdad, y ello provoca que no pueda llevar a nada. La ciencia, por otro lado, trata de conocer la realidad, lo cual si que sirve, aunque no sea absolutamente cierto. Ésto es lo crucial: da igual lo que descubramos los seres humanos, por muy convincente que sea, por muy seguros que creamos estar de conocer la Verdad, esa “realidad última”, siempre podemos dudar. El conocimiento adquirido puede ser muy útil para nosotros, como herramienta, pero nunca es definitivo.

Ética y Comportamiento Humano

Cuando se busca analizar el comportamiento humano, hay que atender a los actos, que son la única “materialización” de la voluntad que podemos conocer, puesto que el contenido mental ajeno al propio es inaccesible. Con acto me refiero al cambio que produce una persona en la realidad de forma voluntaria. Esto supone que todo análisis del mismo con la intención de proporcionar una teoría general será siempre una aproximación, pero no necesariamente verdad. Para analizar el comportamiento, podemos apoyarnos en cómo tomamos nosotros mismos decisiones para entender cómo las toman los demás.

Antes de nada, debo mencionar que, como axioma, aceptaré que el hombre tiene una serie de “deseos” u “objetivos” que determinan su comportamiento. Estos “deseos” son el “impulso” o las “ganas”, que se encuentran en el contenido mental, de que una parte de la realidad sea de una forma determinada; por ejemplo: ser rico, que nuestro equipo favorito en algún deporte gane una competición, actuar conforme a un ideal de bien, etc. Toda mi explicación de éste apartado se basa en éste principio, así que si se niega, probablemente todo lo demás carezca de sentido.

Así pues, presento mi teoría del comportamiento humano, o teoría de la eudemonía. Tomo ésta palabra prestada de Aristóteles, pero la modifico un poco. La eudemonía es algo así como un “estado ideal” de la realidad que intentamos alcanzar con nuestras acciones. Es decir, que al actuar intentamos satisfacer en la mayor medida nuestros deseos. Pero satisfacer los deseos por completo es, casi siempre, imposible (porque para satisfacer unos hay que dejar de lado otros), y por ello cada uno está ponderado.

Para comprender a lo que me refiero, puede imaginarse que en nuestra mente hay una tabla con dos columnas. En la columna de la izquierda están los deseos en cada fila, y a la derecha su “valor” asignado. Ésta es una simplificación, pero sirve para visualizar el modelo. Supongamos que una persona asigna un valor de +100 a no robar, y un valor de +20 a robar un objeto de una tienda. Si se le presenta la oportunidad de robar, con estos valores, tomará la decisión de no robar. Pero si su grado de aceptación del ideal de no robar se ve disminuido, quizá hasta +15, entonces robará; o, alternativamente, si su deseo por el objeto aumenta lo suficiente.

Ésta es una gran simplificación, porque a menudo son varios los factores que influyen en la toma de decisiones. Quizá esa persona está enfadada con la tienda que vende el objeto, y ello supone que robar a esa tienda específicamente lo valore como +150. Otra herramienta útil para analizar la toma de decisiones que se emplea en la actualidad en microeconomía son las curvas de indiferencia. Éstas se emplean para representar las combinaciones de cantidades de dos bienes que reportan el mismo beneficio para el individuo. Es decir, en todos los puntos de la curva, el beneficio es el mismo, por lo que a medida que nos movemos en una u otra dirección, podemos observar como cambia el ratio al que el consumidor está dispuesto a intercambiar un bien por otro. Puesto en un ejemplo: a un determinado individuo le reporta el mismo “beneficio” o “satisfacción” tener cuatro sillones y dos camas que tener dos sillones y tres camas. Es decir, está dispuesto a intercambiar dos de sus sillones por una cama. Pero a lo mejor no quiere repetir el intercambio si tiene dos sillones y tres camas. A lo mejor ahora valora cada sillón como una cama.

¿Porqué estoy hablando de microeconomía? Porque la herramienta me parece que sirve para entender los deseos humanos. Cada uno tiene sus muchas curvas de indiferencia; para ver un ejemplo claro basta con pensar en el dinero. Hay cosas que estamos dispuestos a comprar a un determinado precio, pero no a otro. Y si tenemos menos dinero, hay cosas que directamente no querremos comprar. Y más allá del dinero: quizá estaremos dispuestos a intercambiar un poco de sueño para levantarnos antes y hacer ejercicio; o dispuestos a sacrificar un poco de “sentimiento de buena persona” por el beneficio que reporte robar, pero no estemos dispuestos a matar a alguien, lo que costaría mucho (más de lo que estamos dispuestos a “pagar”) de éste sentimiento de buena persona.

Cuando digo que nos comportamos de acuerdo con nuestra eudemonía no estoy afirmando que en nuestra mente se encuentre en absoluto la tabla mencionada ni las curvas de eudemonía. Todo ello es parte del modelo asociado a la teoría que he propuesto, es una manera de ilustrarlo, y no deben confundirse. Yo simplemente propongo una manera de interpretar el comportamiento humano desde el punto de vista de la motivación. Nosotros mismos no conocemos muchas veces la “puntuación” real que asignamos a cada deseo, y por eso tomar decisiones suele ser difícil.

Pues bien, como he mencionado, propongo que todos los actos tratan de “maximizar” esa eudemonía. Si negamos ésto, estamos afirmando que un individuo, dadas unas posibilidades, donde cada una de ellas alcanza en distinto grado sus objetivos, no toma la que “maximiza su satisfacción”, sino otra. Hay que entender que esto engloba a todos los actos, y a continuación explicaré tres casos importantes:

El amor. Voy a emplear éste término para referirme a la situación en la que una parte de la eudemonía cobra más importancia que todas las demás. No estoy hablando exclusivamente de amor a otra persona, puede ser también a una idea, a un deseo. Mi teoría explica sin problema el amor: es una parte de la eudemonía, una “fila de esa tabla”, que tiene un valor muy elevado en comparación con otros deseos. Estamos dispuestos a sacrificar otras cosas por “satisfacer” ese amor. El fanatismo ideológico y el amor son, por tanto, similares. Aquello que no es el objeto del amor se puede volver menos importante que éste. Y en el caso de las personas: cuando a alguien le importa el bienestar de otra persona, y genuínamente cree que es así de forma desinteresada, se da de nuevo el mismo caso: se valora muy positivamente ese bienestar, y se actuará para mantenerlo, pero no se actuará por algo externo a nosotros, por el supuesto “amor”, sino por el impulso egoísta, por el deseo individual.

Los mártires. Una persona que muere por una causa suele recibir admiración por parte de otros; causa entendida aquí como ideología o doctrina. Los santos cristianos son objeto de gran veneración, por no hablar del Nazareno. Pero, ¿por qué toman la decisión de sacrificar sus vidas en aras de una determinada causa? La explicación comúnmente aceptada es que se comportan por la ideología en sí. Si se acepta mi teoría, cuando toman la decisión de sacrificar su vida, tienen varias opciones, entre las cuales la de sacrificarse es la que mayor valor tiene. ¿Hay algún problema en ésto? En absoluto, si acaso ratifica mi teoría: una decisión puede tener tanto “valor” que, aunque suponga nuestra muerte es la opción óptima. Hay que morir para cumplir la eudemonía.

El altruismo. Mi respuesta a éste fenómeno ya se puede anticipar en base a la explicación de los anteriores. Cuando un individuo actúa de forma considerada altruista, significa que ha tenido unas opciones y la que ha tomado es aquella que beneficiaba a otra gente. El altruismo era parte de su eudemonía, y actuar conforme a él era más importante que obtener otro tipo de beneficio particular, pero sí que hay un beneficio particular. Aún si afirmamos que el “altruismo en sí” es parte de la Verdad y es ajeno a cada persona, los actos “altruistas” están dirigidos a actuar conforme al altruismo, pero es una decisión que toma el individuo porque valora al altruismo positivamente. Muchos filósofos se maravillan de que el humano sea tan “superior” que es capaz de actuar por el “bien en sí”, frente al resto de especies conocidas. Más, ¿no es esto un espejismo? Si los deseos dominan el mundo de las decisiones, no somos más “altruistas” que un pez.

Ahora cabe mencionar algo: nuestros deseos se encuentran en el contenido mental propio, por lo que son inaccesibles. Es decir, lo que motiva las acciones no puede ser accedido por los demás. Entonces, cuando una persona juzga una acción, no puede estar juzgando su motivación real porque es imposible. Está juzgando, o bien “la acción en sí” o bien las consecuencias de ésta. Pero no podemos conocer exactamente las consecuencias de una acción sobre las personas a las que afectan por el mismo motivo. Entonces, a no ser que se me muestre que estoy presentando un falso dilema de tres posibilidades, una falsa “tricotomía”, sólo queda juzgar “la acción en sí”. Si se acepta la motivación egoísta de las acciones, entonces sigue que éstas no tienen un “valor moral” aportado por las personas que las llevan a cabo (actores); la única forma de que tengan un “valor moral intrínseco” ajeno a los actores, es que haya algo objetivo y externo a los seres humanos que se lo confiera.

Pero paremos un momento para reflexionar sobre las acciones. Cuando una persona actúa, como he explicado, altera la realidad de acuerdo a su voluntad. Pero, ¿qué es, en realidad, un acto? El cerebro envía un impulso nervioso que provoca el movimiento de algunos músculos, y estos mueven el cuerpo. El cuerpo, a su vez, provoca algún tipo de cambio en la realidad: emite unos sonidos que interpretamos como palabras, dispara un arma, etc. Es decir, un acto es una cadena de cambios en la realidad que interpretamos como una unidad. Pero no es una parte especial de la realidad que conforma ”algo en sí”. La realidad sólo contiene muchas “partes” (átomos, partículas, etc.) que cambian, pero no contiene al “acto en sí”. El acto es la interpretación humana de unos determinados cambios en la realidad como una unidad. Y si los actos no son intrínsecos a la realidad, sino una interpretación de ésta que se encuentra en nuestra mente, no pueden tener un valor intrínseco, ni moral ni de ningún otro tipo, sino que el valor moral lo aporta la persona al interpretar algo como un acto.

Por tanto lo que se está juzgando es cómo se adhiere una acción a una regla moral. Pero esa regla moral está interpretada por la persona, y el grado en que la acción cumple o no con la regla, necesariamente, también. Es decir, que un supuesto juicio “objetivo” es en realidad una interpretación subjetiva de una parte de la realidad como acto, y después de cómo éste cumple con la interpretación de una norma moral: no hay nada objetivo en todo esto. Hasta que no se demuestre la tranxistencia, primero de las acciones, y después de un “bien en sí” objetivo (es decir, que sean una parte necesaria de la Verdad para explicar la realidad), seguiré apoyando que la moral es un invento humano, y que yo particularmente no acepto. Ésta posición suele conocerse como amoralidad.

Cada vez que se juzga una acción, entonces, ¿qué ocurre? Este es el momento de introducir la idea de la “toma de poder de los memes”. Para aquellos que no están familiarizados con el libro “El gen egoísta” de Richard Dawkins, explicaré a que me refiero: Dawkins fue el principal propulsor de la teoría de la selección de genes, lo que significa que la selección natural tiene lugar, no a nivel de grupo ni de individuo, sino a nivel de “gen”. Propuso que los cuerpos son meras máquinas de supervivencia para los genes, que les proporcionan el medio para reproducirse y mantenerse durante generaciones. Añadió, además, el concepto de “meme”: la “idea” que forma parte de una cultura y se transmite entre los individuos. Dawkins afirmó que éstos iban a arrebatarle el control a los genes, y por motivos que desarrollaré a continuación, propongo que ya lo han hecho.

Creo que en la historia de la evolución ha tenido gran importancia la capacidad de evaluar la realidad: aquellos genes que ayudaban a reconocer a los depredadores, a los miembros de la propia especie, y al medio en el que se encuentra el individuo han prosperado. Hay, a mi parecer, una “tendencia” en la evolución hacia máquinas de supervivencia con sistemas nerviosos más complejos, destacando entre ellos el cerebro. Pues bien, en el ser humano, ésta “voluntad de comprensión de la realidad” sigue siendo crucial y ha traspasado el umbral de los genes.

Toda la información que llega a nosotros es analizada y clasificada. Es decir, el cerebro es como una “máquina de comprensión de la realidad”: la nueva información se analiza de acuerdo a la vieja, y se acumula como conocimiento que servirá para analizar la nueva información. Pondré un ejemplo de lo que me refiero:  pongamos que observamos un rayo por primera vez, y no hemos visto nada igual; crea un gran ruido, parece amenazador, etc. Lo primero que intenta el cerebro es interpretar qué ha ocurrido y por qué. Si no conocemos los procesos físicos detrás de tal fenómeno, se aparecerá como algo “desconocido” o “extraño”, y eso no sirve de nada. Ello provoca que el cerebro lo interprete de alguna forma: como un acto de otro “ser”, como el presagio de un mal, etc. Pero en todo caso hay una interpretación; aunque no queramos, el cerebro interpreta la realidad, y lo hace en función de lo que ya conoce.

La gran diferencia entre el ser humano y las demás especies es, por tanto, como comprende la realidad y explota esa información. El ser humano ha desarrollado el lenguaje, que se puede considerar como la raíz y origen de todos los memes, puesto que estos se crean y se replican gracias al lenguaje, mucho más allá de la comunicación inmediata necesaria para la supervivencia. El lenguaje ha evolucionado como instrumento clave en esa comprensión de la realidad. Permite descomponer y clasificar la realidad según un consenso, gracias a lo cual todos los que acepten dicho consenso puedan conseguir un conocimiento ya acumulado. Es decir, como el descubrimiento y la explotación de la realidad es una tarea que se lleva a cabo a través de las generaciones, permite mayor progreso que la que puede hacer un único individuo en su vida, o un grupo reducido (el conocimiento que puede conseguir una manada de animales, por ejemplo).

La sociedad “emplea” una herramienta clave para mantener el orden social: la ley. La ley civil se asienta en una serie de normas establecidas, y para que no se incumplan, se establecen castigos y sanciones de distintos tipos, que se van modificando y adaptando a los acontecimientos. Pero la presencia de tales reglas no evita que muchos individuos las incumplan, a pesar del castigo que les suponga. Y es que, en realidad, la ley civil puede romperse o esquivarse en muchas ocasiones. Sin embargo, hay otro elemento que permite mantener el orden social: la ley moral. Esta entra a formar parte de la eudemonía gracias a la educación, y depende de la cultura del lugar en el que se obtiene esta educación, aunque en diferente grado dependiendo del individuo: mientras algunos considerarán a tales reglas una parte sumamente importante de su eudemonía, otros simplemente actuaran conforme a ellas para evitar los castigos mencionados, como la cárcel. La ley moral tiene la utilidad social de interiorizar qué es “bueno” y qué es “malo”, lo que modifica la eudemonía de los ciudadanos haciendo que, en general, tiendan a no actuar en contra de los intereses de todos los ciudadanos. Ésto es, por supuesto, solo una parte de los efectos de este complejo fenómeno, pero es lo que considero una de las principales causas de que las religiones sean “conjuntos de ideas” estables. En Occidente tiene especial impacto el cristianismo, pero la ley moral de cada país varía, y aunque muchos países no identifican el bien con un dios, si que creen en “el bien en sí”.

Pero lo importante es no perder de vista qué es en realidad la ley moral: es un agravio contra el individuo necesario para la sociedad. El individuo siempre supera la ley moral universal sustituyéndola por la individual, pero casi nunca comprende que lo ha hecho; con ésto me refiero a que en nuestro contenido mental no hay una copia exacta de la moral que aprendemos de nuestra cultura, sino una versión individual, una interpretación de la original. A pesar de que conformemos día a día nuestra propia moral mediante nuestras experiencias, muchos siguen defendiendo la ley moral universal de su cultura, cuando en realidad ya no la comparten porque sus experiencias la han modificado. El conflicto individuo-sociedad está muy relacionado con esta falsa asociación: el individuo que descubre algo más allá de lo que socialmente es aceptado como verdad, es decir, que supera esa falsa asociación, entra en conflicto con la concepción de la sociedad de la realidad.

Dadas las opiniones que he expresado hasta este punto, podría parecer que defiendo una versión del relativismo moral. ¡No y rotundamente no! No defiendo ningún tipo de moralismo ni de, como ya he explicado, idea que otorgue una valoración a ninguna parte de la realidad. El relativismo moral sigue siendo, moral. Yo defiendo que juzgar una acción, aunque sea de forma relativa a una persona o una cultura, sigue siendo un abuso, puesto que se dota de valor a las acciones, y éstas son una invención; y no me cansaré de recalcarlo. El hecho de que a una persona que le explican una teoría filosófica no entienda alguna parte es una combinación de falta de expresión del emisor y falta de comprensión del lector. Yo trato de aumentar en la medida que puedo la claridad de las ideas más importantes, pero el mensaje nunca llegará completo al receptor; la cuestión es el grado en el que consigo reducir ese “ruido ideológico”.

Pues bien, considero que los actos se juzgan porque son una nueva parte de la realidad, y el cerebro trata de comprenderla. Para ello se basa en lo que ya conoce, y genera una interpretación del acto. Por ejemplo, si aceptamos un imperativo moral, juzgaremos el acto teniendo en cuenta el imperativo moral y así obtendremos nuestra interpretación: “matar es malo”. Ya hemos clasificado la realidad en función de lo que conocíamos. El problema es, precisamente, que creemos que esto es algo objetivo: no pensamos “para mí matar es malo” sino “matar es malo”. Cuando creemos y afirmamos que nuestro juicio es objetivo, lo situamos más allá de la interpretación, lo hacemos “invulnerable” a la crítica. No es una mera opinión, sino un hecho.

El juicio moral no puede ser nunca absoluto ni objetivo, y todo aquel que propugna un sistema moral o un juicio determinado como la verdad está, consciente o inconscientemente, equivocado. Este es, auténticamente, el “minuto más orgulloso de la historia de la humanidad”, el juicio moral.

El instinto pareidólico / Transfilosofía

Como he mencionado antes, he llamado al proceso mental de identificar ciertas experiencias o pensamientos abstractos con una entidad por la extrapolación de sus características el instinto pareidólico. Un ejemplo de ésto son los actos, pero no es el único caso. Todos los seres vivos que se observan, las sentencias con las que hablamos, y en general, cualquier “cosa” que se imagine en la realidad son una interpretación humana, esto es, un patrón reconocido en la realidad para aumentar el “conocimiento” sobre ella. Pero no esas entidades que imaginamos, no forman una unidad intrínseca a la realidad; las personas somos conjuntos de átomos, que no porque se mantengan juntos significa eso que formen una unidad intrínseca a la realidad.

Cuando se les trata de aplicar un juicio, se está asumiendo que además de ser una entidad, tienen algunas “cualidades” en mayor o menor medida en base a las cuales se valora; y lo curioso es que éstas cualidades no tienen una definición unívoca, sino que están abiertas a interpretación. Es decir, las normas que establecen cómo deben juzgarse esas entidades no son universales ni pueden serlo. Quiero que quede claro que mi postura no es “las entidades no pueden ser parte de la Verdad” sino “lo que identificamos como entidades es parte de la realidad, pero no como <<entidad en sí>>, sino como proyección de la Verdad”. Como colofón del instinto pareidólico, presento lo siguiente: Identificamos estructuras en la información que recibimos, de ésta manera tenemos un control sobre la naturaleza considerable; sin embargo, no debemos creer que nuestra forma de ordenar el conocimiento es algo absoluto y que identifica directamente la realidad (¡o incluso la Verdad!), sino que tiene la limitación de ser una invención humana. Ahora mencionaré algunos ejemplos que ilustran éste análisis.

La verdad . Éste es el concepto clave. Y aquí no me estoy refiriendo a lo que yo he denominado “Verdad”. El concepto de verdad está en el fundamento de toda disciplina o escuela  del pensamiento, y cada una es diferente en algún aspecto; sunt plurium verorum. ¿Pero cuál de todas las verdades es la “verdadera”? ¿Es lícito acaso pensar en una verdad como “verdadera”? Las definiciones de verdad son fundamentalmente, a mi parecer, juicios sobre las proposiciones. Califican a éstas de cumplir con unas u otras características, como por ejemplo tener correspondencia con el mundo real, ser coherentes con otros axiomas, etc. Más, ¿tranxisten las sentencias, o pueden verse como una agrupación de percepciones? Las sentencias o expresiones son una agrupación de palabras que interpretamos como una unidad, y decidimos que son “evaluables”. Para evaluar una expresión hay que tomar una norma frente a la que hacer la evaluación, y ésto es lo que se conoce como “criterio de verdad”, esa definición de verdad anteriormente mencionada. De nuevo vemos que la noción de verdad debe ser algo no objetivo puesto que es establecido por los humanos como pacto. Cada definición de verdad tiene sus propias características, sus propias paradojas, etc.; la cuestión es que ninguna es objetiva y no puede aspirar a serlo. Un resultado práctico de éste análisis es mi interpretación de la paradoja del mentiroso, que dice: “Ésta afirmación es falsa”. ¿Pero qué significa falsa en éste caso concreto? Si no se nos especifica, la afirmación simplemente carece de contenido. No es una paradoja hasta que se “instancia” en un sistema lógico concreto, y sólo entonces puede o no ser paradoja.

La perfección. Cuán a menudo aparece mencionada la palabra “perfección” en nuestra vida diaria, y quizá no nos damos cuenta de ello. “Tal cosa es perfecta”, “Yo no soy perfecto”, etc. Suele emplearse para calificar a algo que posee el máximo grado de una calidad, especialmente la cualidad de “bueno, acabado, adecuado” de forma implícita. Pues bien, cuando se usa para referirse a éstas cualidades, se está proyectando en alguna parte de la realidad la calidad de “completamente bueno en sí”, calidad que es completamente subjetiva al emisor del juicio, y en ningún punto inherente a ninguna parte de la realidad. Es diferente el caso en el que se definen las cualidades frente a las cuales se juzga algo, y después se muestra una situación o cosa como la mejor posible representación de esas cualidades. Los griegos son los máximos exponentes del primer caso; o como considero yo a éste tipo de situaciones, “cómo no decir nada en muchas palabras”.

La igualdad de las personas. Aquellas culturas que se consideran el “mundo civilizado” ven en la aserción de que todos los hombres nacen iguales el mayor “descubrimiento” que haya iluminado a la humanidad. Pero éste alberga, por lo menos, una quimera. Está asumiendo, primero que la propiedad de “ser humano en sí mismo” tranxiste, y segundo que tiene una “cualidad”, es decir, un valor frente al cual se pueden juzgar a los hombres como iguales; ésto no lo invento yo, es ex hypothesi. De nuevo volvemos al problema de añadir un valor a alguna parte de la realidad. Si alguien quiere demostrar que mi negación de aquellas cosas para las que el hombre ha inventado un valor está equivocada, que me demuestre que esos valores son necesarios para explicar la realidad, ya que el “burden of proof” (peso de la prueba) recae no sobre mí, sino sobre el defensor de la existencia del bien, Dios, etc. La igualdad de las personas, frente a tantas otras “ideas” que he analizado sí sirve a un propósito que no degrada la eudemonía: la fundamentación de sociedades con “igualdad” de oportunidades y derechos.

La vida. Una de las grandes preguntas de la filosofía de la biología: ¿qué distingue a un organismo vivo de algo que no está vivo? El gran representante de la dificultad de esta separación son los virus, debido a sus peculiaridades. La cuestión es, de nuevo, la excesiva importancia que se le concede a una juicio sobre algo que se considera un ente y en realidad no lo es. Por supuesto que puede ser útil, como todas las otras valoraciones de éste tipo que permiten formar una imagen más clara de la realidad, aunque ésta imágen sea inherentemente arbitraria. Sí, los átomos forman moléculas, y las moléculas forman estructuras como células, bacterias, virus, etc. ¿Pero hay en esto una diferencia intrínseca a, por ejemplo, los átomos de una montaña, que se agrupan para formar rocas, más allá de que se organicen en elementos distintos? Yo propongo que no, más allá de lo que nosotros racionalizamos.

La causalidad. Ya denunció Hume el abuso que se cometía asumiendo la relación causa-efecto, pero yo quiero aportar algo a tan brillante chispa de ingenio en la historia de la filosofía. Lo primero es que, como los actos en sí no forman parte de la realidad, la causalidad en sí tampoco. Pero no deja de ser el fundamento de la ciencia y de otras disciplinas del pensamiento. Usar la causalidad para los actos, es decir, “suponer” que los actos y la causalidad son intrínsecos y obtener conocimientos a partir de esa suposición es muy útil. Sin embargo no deja de ser un artificio humano, y nada nos asegura ningún conocimiento sobre la realidad.

Los opuestos. El maniqueísmo, el ying y el yang, el bien y el mal, el caos y el orden, … Cuán antigua es la noción de los “opuestos”. Creemos en ello de una forma tan profunda que ni sabemos que creemos en ello. Cuando pensamos en la idea de “bien”, la idea de “mal” se nos aparece como el contrario. Incluso en nociones carentes de moralina, como por ejemplo la velocidad: “lento” lo oponemos a “rápido”. “Izquierda” a “derecha”, “Norte” a “Sur”; “Comunismo” a “Capitalismo”. Esto ayuda a comprender la realidad y a manejarla más cómodamente. Pero, ¿qué tienen de opuesto dos cosas? ¿Que son mutuamente excluyentes? En cualquier caso, sabemos que son alternativas, al igual que elegir entre dos opciones. Aunque no decimos que comer una hamburguesa es lo contrario de comer un perrito caliente. Darles la noción de “enfrentamiento”, de “lucha” me parece que puede ser un intento de asemejar el contenido de nuestra mente a lo que observamos en la realidad: cómo en la realidad observamos disputas entre seres “enemistados”, creamos la noción de “enfrentamiento”, y por tanto otras entidades, como las ideas, pueden estar“enemistadas”. Si es por este motivo o por otro, da igual, la cuestión es que hay gente que cree en los conceptos “enemigos” o “diametralmente opuestos”, cuando son, en realidad, simples alternativas. Algo puede ser más rápido o más lento, pero no por ello son estos conceptos “enemigos”, sino estados mutuamente excluyentes. Por ejemplo, las ideologías son conjuntos de soluciones diferentes a una serie de problemas,  que aunque difieran, lo hacen de la misma manera que una hamburguesa y un perrito caliente son alternativas entre que escoger para nuestra comida.

La distinción razón/voluntad. Tradicionalmente, la razón es considerada esa parte de la naturaleza humana que se rige por la lógica, analiza información y realiza juicios; mientras que la voluntad se suele ver como un “impulso” que nos lleva a actuar de una u otra manera. Se suelen separar estas dos partes de la naturaleza humana, y se proponen, a veces, como naturalezas “opuestas”, lo cual es carente de significado, como ya he explicado. Pero, ¿qué es en realidad la razón y qué la voluntad? Indudablemente, somos capaces de usar la lógica y sentimos impulsos que forjan el comportamiento, pero estas dos características no tienen por qué pertenecer a realidades distintas. La separación corresponde a un intento de comprender nuestra propia naturaleza, e incluso, de guiar la conducta: “guiarse por la razón,… rechazar los impulsos”. Pero es, al fin y al cabo, una separación arbitraria, puesto que, para empezar, se supone que hay unas “entidades” en la mente a las que se llaman razón y voluntad, y a cada una se le asigna una función. Pero es innecesario suponer la presencia esas dos entidades separadas en nuestra mente, en vez de que la mente tiene ciertas capacidades como pensar, razonar e imaginar, y que cada una interviene de una forma en la toma de decisiones. La razón se inventa a sí misma.

Para cerrar éste capítulo, quiero presentar mi navaja de Ockham. Yo no puedo demostrar que las siguientes cosas no son parte de la Verdad: dios, el Bien en sí, el altruismo genuino, el amor puro, o en general, las ideas en sí más allá de nuestra mente. Pero tampoco tengo que hacerlo. Puede que mis propuestas parezcan “opuestas” a estas ideas, pero como ya he explicado, tal valoración carece de sentido. El problema que veo a la mayoría de éstas ideas es el problema del cómo. Hay muchas interpretaciones de lo que es el bien, el amor, el altruismo, etc. Entonces, ¿solo una es parte de la realidad, o hay varias? En caso de que solo haya una, ¿cual? ¿Dónde se encuentran? ¿Son una “entidad” física o de una forma que no podemos imaginar, pero que es parte de la Verdad? Mi propuesta es ver que tales conceptos no son necesarios, que no sirven para nada más allá que apoyar a teorías para las que se han propuesto alternativas que no requieren invocarlos, y que no tienen ninguna prueba que respalde su necesidad. Mi propuesta es simplificar usando una navaja filosófica todos los conceptos acumulados que crean problemas filosóficos innecesarios, y sustituirlos por una teoría que explica esos fenómenos sin la necesidad de invocar entes, “ideas en sí”, etc. El elegir entre una teoría de éste tipo (no digo necesariamente la propuesta por mi) y aceptar que el bien o Dios son realmente necesarios para explicar la realidad es, al fin y al cabo, una cuestión de preferencia personal, de “gusto” si se me permite, como ya he expresado antes.